lunes, 20 de mayo de 2013

"Pie de plomo", de Lourdes Landeira



Cosas como estas son las que surgen en el taller:

Pie de plomo
Lourdes Landeira

Ese día había amanecido con un sobresalto.
Raro; era un hombre metódico. Siempre abría sus ojos –lentamente– un minuto antes de que el despertador le ordenara levantarse. Sin embargo, no lo tomó como una premonición. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero no le prestó atención. En cambio sacudió sin prisa brazos y piernas hasta acomodarse en su modo automático. Encender el fuego, poner a calentar agua para el café, abrir la ducha, doblar el pijama y colocarlo en el centro justo de la cama ya tendida, bañarse, desayunar, vestirse y salir. La borra en el fondo de la taza le recordaría, a la noche, que a la mañana había estado allí, vivo. Al inclinar su cuerpo para atarse los cordones de los zapatos negros (nunca se había acostumbrado a los mocasines; quizás porque los únicos que había tenido, marrones, le recordaban a Eugenia Olson) sintió un cosquilleo en la espalda y ajustó de más el nudo. De ese modo, para el mediodía, el pie aprisionado en exceso lastimaba.
Alan Bal, así era su nombre, no recordaba el sueño que lo había despertado esa mañana. En realidad, no soñaba, o eso creía. Quizás le hubiera gustado ver a ese niño de escuela primaria que, por causalidad, había descubierto la magia en las lágrimas de una hoja de árbol viejo. Ese año se había empezado a preguntar por su nombre. ¿Por qué sus padres habían elegido Alan si su apellido era Bal? Si existían otras cuatro vocales con inmensas posibilidades de combinación, ¿a qué se debía esa exclusividad de aes, esa corta longitud sin segundo nombre ni segundo apellido, que lo obligaban a tanta monotonía en cada presentación? Había ensayado varias respuestas esperanzadoras, pero a todas encontraba su revés. Si pensaba que las aes lo predestinaban a ser siempre el primero, enseguida se decía: en verdad, aquí anclado en este principio, nunca voy a llegar a la zeta. Sin conocer el desprecio, lo sentía por las niñas que reían, acomodaban sus trenzas y saltaban en ronda en ese patio, a sus ojos, gigante. Los niños, por su parte, corrían detrás de una pelota a la que él temía. Las formas circulares le parecían amenazantes. Por eso en los recreos se acomodaba en un rincón de ángulo recto perfecto, al que no llegaba el sol.
El azar llevó esa hoja hasta sus rodillas.
Cuando sus dedos la tomaron para apartarla, sin querer la apretaron y dejaron salir sus lágrimas. El contacto inesperado con ese líquido lo estremeció y no le permitió continuar su sueño esa mañana. Por eso no pudo ver al niño de cara desencajada, atónito ante un mundo con niñas y niños que lo invitaban a jugar distintos juegos con y sin pelota. Ese mismo niño iba a casarse, muchos años después, con Eugenia. Esa mujer lo mantenía estremecido con su nombre de cuatro vocales, que completaba en las cinco en su apellido.
Claro que Alan sí conoció a Eugenia y que ella sí lo conmovió. Su aversión por las curvas lo había limitado en la elección de su carrera; a todas les encontraba muchas vueltas. Y lo había convertido en un fabricante de reglas. Alan y Eugenia se habían encontrado a almorzar, un día cualquiera, por cuestiones laborales. Ella tenía una librería artística y, admirada por la calidad de las reglas de Alan, quería convencerlo de que diversificara su línea de productos e incluyera nuevas formas. Él sentía algo extraño en su cuerpo, algo parecido a hormigas lo recorrían. Con un suave movimiento de su cabeza, desapareció a los intrusos bichitos. Eugenia no paraba de hablar; sus ideas eran una bola de nieve que crecía y crecía.
Entonces sintió la molestia. El mocasín nuevo le apretaba en la parte delantera izquierda y lo lastimaba con su roce (traspasaba la media fina elegida para el estreno) en el centro posterior. Ese mediodía el sol se esforzaba en descubrirse desde la sombra de una nube. Alan decidió, entonces, reconcentrarse en sus pies y saludó a Eugenia Olson con evasivas y un temblor irrecuperable cuando en la despedida rozó su mano.
Ya había avanzado la tarde y la presión del cordón del zapato se incrementaba sin ser solucionada. Alan Bal tenía la costumbre de ajustar bien el lazo y no volver a tocarlo hasta la noche; en ese momento lo desataba y liberaba sus pies por un segundo, el lapso indispensable para colocarlos en las pantuflas grises con vivo azul y suela de goma negra. No se le ocurrió, a pesar del dolor, que podía romper esa presión a medio camino. Así, el entumecimiento, como antes las hormigas, le comenzó a recorrer piernas y brazos, se detuvo un rato en el cuello y llegó a su cabeza. Ningún movimiento sobrevino. Fue ahí cuando vio pasar al niño de la mano de Eugenia. Ella le daba una flor y él le devolvía una hoja húmeda. Él llevaba una pelota en su mochila y ella flotaba en sus sandalias de taco altísimo. Los dejó pasar y quedó tan absorto en sus cordones que no reparó en un altercado que crecía a su alrededor. Gritos, sirenas, llantos, corridas y una pelota pinchada en el medio de la calle. La placa roja del canal sensacionalista local dijo: hombre muerto por bala perdida. No será el último ni el primero.

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