Cosas como estas son las que surgen en el taller:
Pie de
plomo
Lourdes
Landeira
Ese día había amanecido con un sobresalto.
Raro; era un hombre metódico. Siempre abría sus ojos
–lentamente– un minuto antes de que el despertador le ordenara levantarse. Sin
embargo, no lo tomó como una premonición. Un escalofrío recorrió su cuerpo,
pero no le prestó atención. En cambio sacudió sin prisa brazos y piernas hasta
acomodarse en su modo automático. Encender el fuego, poner a calentar agua para
el café, abrir la ducha, doblar el pijama y colocarlo en el centro justo de la
cama ya tendida, bañarse, desayunar, vestirse y salir. La borra en el fondo de
la taza le recordaría, a la noche, que a la mañana había estado allí, vivo. Al
inclinar su cuerpo para atarse los cordones de los zapatos negros (nunca se
había acostumbrado a los mocasines; quizás porque los únicos que había tenido, marrones, le
recordaban a Eugenia Olson) sintió un cosquilleo en la espalda y ajustó de más el
nudo. De ese modo, para el mediodía, el pie aprisionado en exceso lastimaba.
Alan Bal, así era su nombre, no recordaba el sueño
que lo había despertado esa mañana. En realidad, no soñaba, o eso creía. Quizás
le hubiera gustado ver a ese niño de escuela primaria que, por causalidad,
había descubierto la magia en las lágrimas de una hoja de árbol viejo. Ese año
se había empezado a preguntar por su nombre. ¿Por qué sus padres habían elegido
Alan si su apellido era Bal? Si existían otras cuatro vocales con inmensas
posibilidades de combinación, ¿a qué se debía esa exclusividad de aes, esa
corta longitud sin segundo nombre ni segundo apellido, que lo obligaban a tanta
monotonía en cada presentación? Había ensayado varias respuestas
esperanzadoras, pero a todas encontraba su revés. Si pensaba que las aes lo
predestinaban a ser siempre el primero, enseguida se decía: en verdad, aquí
anclado en este principio, nunca voy a llegar a la zeta. Sin conocer el
desprecio, lo sentía por las niñas que reían, acomodaban sus trenzas y saltaban
en ronda en ese patio, a sus ojos, gigante. Los niños, por su parte, corrían
detrás de una pelota a la que él temía. Las formas circulares le parecían
amenazantes. Por eso en los recreos se acomodaba en un rincón de ángulo recto
perfecto, al que no llegaba el sol.
El azar llevó esa hoja hasta sus rodillas.
Cuando sus dedos la tomaron para apartarla, sin
querer la apretaron y dejaron salir sus lágrimas. El contacto inesperado con
ese líquido lo estremeció y no
le permitió continuar su sueño esa mañana. Por eso no pudo ver al niño de cara
desencajada, atónito ante un mundo con niñas y niños que lo invitaban a jugar
distintos juegos con y sin pelota. Ese mismo niño iba a casarse, muchos años
después, con Eugenia. Esa mujer lo mantenía estremecido con su nombre de cuatro
vocales, que completaba en las cinco en su apellido.
Claro que Alan sí conoció a Eugenia y que ella sí lo conmovió. Su
aversión por las curvas lo había limitado en la elección de su carrera; a todas
les encontraba muchas vueltas. Y lo había convertido en un fabricante de
reglas. Alan y Eugenia se habían encontrado a almorzar, un día cualquiera, por
cuestiones laborales. Ella tenía una librería artística y, admirada por la calidad de las
reglas de Alan, quería convencerlo de que diversificara su línea de productos e
incluyera nuevas formas. Él sentía algo
extraño en su cuerpo, algo parecido a hormigas lo recorrían. Con un
suave movimiento de su cabeza, desapareció a los intrusos bichitos. Eugenia no
paraba de hablar; sus ideas eran una bola de nieve que crecía y crecía.
Entonces
sintió la molestia. El mocasín nuevo le apretaba en la parte delantera
izquierda y lo lastimaba con su roce (traspasaba la media fina elegida para el
estreno) en el centro posterior. Ese mediodía el sol se esforzaba en descubrirse
desde la sombra de una nube. Alan decidió, entonces, reconcentrarse en sus pies
y saludó a Eugenia Olson con evasivas y un temblor irrecuperable cuando en la despedida rozó su mano.
Ya había avanzado la tarde y la presión del cordón
del zapato se incrementaba sin ser solucionada. Alan Bal tenía la costumbre de
ajustar bien el lazo y no volver a tocarlo hasta la noche; en ese momento lo
desataba y liberaba sus pies por un segundo, el lapso indispensable para
colocarlos en las pantuflas grises con vivo azul y suela de goma negra. No se
le ocurrió, a pesar del dolor, que podía romper esa presión a medio camino. Así, el entumecimiento, como antes las
hormigas, le comenzó a recorrer piernas y brazos, se detuvo un rato en el
cuello y llegó a su cabeza. Ningún movimiento sobrevino. Fue ahí cuando vio
pasar al niño de la mano de Eugenia. Ella le daba una flor y él le devolvía una
hoja húmeda. Él llevaba una pelota en su mochila y ella flotaba en sus
sandalias de taco altísimo. Los dejó pasar y quedó tan absorto en sus cordones
que no reparó en un altercado que crecía a su alrededor. Gritos, sirenas,
llantos, corridas y una pelota pinchada en el medio de la calle. La placa roja
del canal sensacionalista local dijo: hombre muerto por bala perdida. No será
el último ni el primero.
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