viernes, 14 de junio de 2013
lunes, 3 de junio de 2013
Alejandría de junio
Se viene el Alejandría de junio. Lecturas de
Alejandra Laurencich
Osvaldo Aguirre
Esteban Castromán
Ariel Pichersky
Julio Roberto Srur
Hernán Zaccaría haciendo en vivo una caricatura de
Truman Capote.
Al final de la noche, sorteo de libros y Capote.
Todas las novedades del Premio Itaú de Cuento
Digital organizado por Grupo Alejandría (www.premioitau.org), en sus 4
categorías: escritores de 18 a 40 años, sub 17 (14 a 17 años), clientes de Itaú
y colaboradores de Itaú.
Entrada libre y gratuita.
Martes 4 de junio.
19:00 hs.
Eterna Cadencia (Honduras 5574).
www.elgrupoalejandria.blogspot.com
alejandriagrupo@gmail.com
lunes, 27 de mayo de 2013
Dale papel a Casquivana
Revista Casquivana
en Panal de Ideas:
Dale papel a Casquivana,
participá en este proyecto colectivo
Casquivana
llegó a Panal de Ideas, comunidad virtual de financiamiento colectivo. A través
de esta plataforma podés sumarte al proyecto, dando tu apoyo para imprimir el
número 6. La revista ya está armada, diseñada y editada. Sólo falta darle
cuerpo; es decir: papel.
En nuestro
espacio en Panal de Ideas (http://panaldeideas.com/proyectos/revista-casquivana-6/),
están todos los detalles sobre cómo participar. Es todo muy simple, muy rápido,
y podés hacerlo de manera anónima o contándonos quién sos.
Ahí podés enterarte de cuáles son las formas de adherir, desde la
colaboración mínima de $5 en adelante. A partir de los $30, cada aporte tiene su
recompensa. Hay para todos los gustos: ejemplares de la revista, libros, talleres
literarios, dibujos, posters, espacios de publicidad, almuerzos y mucho más.
Toda ayuda que recibamos será muy bienvenida y valorada, como un impulso que nos
acerca un pasito más a la impresión de Casquivana.
Para obtener la financiación de este proyecto necesitamos reunir
$6.000 antes del 7 de julio. Y si
recaudamos más, entonces vamos a imprimir más ejemplares. De la manera que más
te guste y mejor te cuadre, sumate a Casquivana y participá en este proyecto.
Te esperamos!
http://casquivana.com.ar/
Facebook: Revista Casquivana
Twitter: @RCasquivana
info@casquivana.com.ar
Acerca de Casquivana
“Es necesario ser
inconcluso”, dice el lingüista ruso Mijail Bajtin. A nosotros nos gustó la
idea, y creímos que podía ser un principio para andar caminos. La revista
surgió a comienzos del 2010, cuando nos reunimos por primera vez un grupo de escritores,
periodistas e ilustradores que decidimos hacer Casquivana, y la definimos como un proyecto inconcluso, en
permanente cambio y construcción. Casquivana
es una revista cultural de espíritu lúdico, de fuerte impronta literaria,
organizada en cada edición alrededor de un tema de tapa. Cuenta regularmente
con la colaboración de invitados de lujo, consagradísimos y otros que están empezando.
Esa mezcla nos parece fundamental. En este número participaron más 50 personas,
escribiendo, ilustrando y diseñando, con unas ganas y un empuje dignos de un
proyecto independiente. La revista viene
con una nota de tapa dedicada a las obsesiones. Además: cuentos, crónicas,
poemas, columnas, humor y reseñas de libros. Es una edición chica, fetiche,
para coleccionistas, que estaremos presentando en julio.
miércoles, 22 de mayo de 2013
lunes, 20 de mayo de 2013
"Pie de plomo", de Lourdes Landeira
Cosas como estas son las que surgen en el taller:
Pie de
plomo
Lourdes
Landeira
Ese día había amanecido con un sobresalto.
Raro; era un hombre metódico. Siempre abría sus ojos
–lentamente– un minuto antes de que el despertador le ordenara levantarse. Sin
embargo, no lo tomó como una premonición. Un escalofrío recorrió su cuerpo,
pero no le prestó atención. En cambio sacudió sin prisa brazos y piernas hasta
acomodarse en su modo automático. Encender el fuego, poner a calentar agua para
el café, abrir la ducha, doblar el pijama y colocarlo en el centro justo de la
cama ya tendida, bañarse, desayunar, vestirse y salir. La borra en el fondo de
la taza le recordaría, a la noche, que a la mañana había estado allí, vivo. Al
inclinar su cuerpo para atarse los cordones de los zapatos negros (nunca se
había acostumbrado a los mocasines; quizás porque los únicos que había tenido, marrones, le
recordaban a Eugenia Olson) sintió un cosquilleo en la espalda y ajustó de más el
nudo. De ese modo, para el mediodía, el pie aprisionado en exceso lastimaba.
Alan Bal, así era su nombre, no recordaba el sueño
que lo había despertado esa mañana. En realidad, no soñaba, o eso creía. Quizás
le hubiera gustado ver a ese niño de escuela primaria que, por causalidad,
había descubierto la magia en las lágrimas de una hoja de árbol viejo. Ese año
se había empezado a preguntar por su nombre. ¿Por qué sus padres habían elegido
Alan si su apellido era Bal? Si existían otras cuatro vocales con inmensas
posibilidades de combinación, ¿a qué se debía esa exclusividad de aes, esa
corta longitud sin segundo nombre ni segundo apellido, que lo obligaban a tanta
monotonía en cada presentación? Había ensayado varias respuestas
esperanzadoras, pero a todas encontraba su revés. Si pensaba que las aes lo
predestinaban a ser siempre el primero, enseguida se decía: en verdad, aquí
anclado en este principio, nunca voy a llegar a la zeta. Sin conocer el
desprecio, lo sentía por las niñas que reían, acomodaban sus trenzas y saltaban
en ronda en ese patio, a sus ojos, gigante. Los niños, por su parte, corrían
detrás de una pelota a la que él temía. Las formas circulares le parecían
amenazantes. Por eso en los recreos se acomodaba en un rincón de ángulo recto
perfecto, al que no llegaba el sol.
El azar llevó esa hoja hasta sus rodillas.
Cuando sus dedos la tomaron para apartarla, sin
querer la apretaron y dejaron salir sus lágrimas. El contacto inesperado con
ese líquido lo estremeció y no
le permitió continuar su sueño esa mañana. Por eso no pudo ver al niño de cara
desencajada, atónito ante un mundo con niñas y niños que lo invitaban a jugar
distintos juegos con y sin pelota. Ese mismo niño iba a casarse, muchos años
después, con Eugenia. Esa mujer lo mantenía estremecido con su nombre de cuatro
vocales, que completaba en las cinco en su apellido.
Claro que Alan sí conoció a Eugenia y que ella sí lo conmovió. Su
aversión por las curvas lo había limitado en la elección de su carrera; a todas
les encontraba muchas vueltas. Y lo había convertido en un fabricante de
reglas. Alan y Eugenia se habían encontrado a almorzar, un día cualquiera, por
cuestiones laborales. Ella tenía una librería artística y, admirada por la calidad de las
reglas de Alan, quería convencerlo de que diversificara su línea de productos e
incluyera nuevas formas. Él sentía algo
extraño en su cuerpo, algo parecido a hormigas lo recorrían. Con un
suave movimiento de su cabeza, desapareció a los intrusos bichitos. Eugenia no
paraba de hablar; sus ideas eran una bola de nieve que crecía y crecía.
Entonces
sintió la molestia. El mocasín nuevo le apretaba en la parte delantera
izquierda y lo lastimaba con su roce (traspasaba la media fina elegida para el
estreno) en el centro posterior. Ese mediodía el sol se esforzaba en descubrirse
desde la sombra de una nube. Alan decidió, entonces, reconcentrarse en sus pies
y saludó a Eugenia Olson con evasivas y un temblor irrecuperable cuando en la despedida rozó su mano.
Ya había avanzado la tarde y la presión del cordón
del zapato se incrementaba sin ser solucionada. Alan Bal tenía la costumbre de
ajustar bien el lazo y no volver a tocarlo hasta la noche; en ese momento lo
desataba y liberaba sus pies por un segundo, el lapso indispensable para
colocarlos en las pantuflas grises con vivo azul y suela de goma negra. No se
le ocurrió, a pesar del dolor, que podía romper esa presión a medio camino. Así, el entumecimiento, como antes las
hormigas, le comenzó a recorrer piernas y brazos, se detuvo un rato en el
cuello y llegó a su cabeza. Ningún movimiento sobrevino. Fue ahí cuando vio
pasar al niño de la mano de Eugenia. Ella le daba una flor y él le devolvía una
hoja húmeda. Él llevaba una pelota en su mochila y ella flotaba en sus
sandalias de taco altísimo. Los dejó pasar y quedó tan absorto en sus cordones
que no reparó en un altercado que crecía a su alrededor. Gritos, sirenas,
llantos, corridas y una pelota pinchada en el medio de la calle. La placa roja
del canal sensacionalista local dijo: hombre muerto por bala perdida. No será
el último ni el primero.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Bartleby o la fórmula, de Gilles Deleuze
Bartleby o la fórmula, de Gilles Deleuze
Extraído de VV.
AA., Preferiría no hacerlo. Ed. Pre-textos, Valencia, 2a edición,
1ª reimpresión: febrero 2009. PÁGS. 57-92.
Bartleby1 no es una metáfora del escritor, ni el
símbolo de nada. Se trata de un texto de una violenta comicidad, y lo cómico
siempre es literal. Se asemeja a las narraciones de Kleist, de Dostoievski, de
Kafka o de Beckett, con las cuales forma una subterránea y brillante secuencia.
No quiere decir más de lo que literalmente dice. Y lo que dice y repite es
PREFERIRÍA NO HACERLO, I would prefer not to.2Es la fórmula de su glotia, y todos sus lectores
fascinados la repiten. Un hombre delgado y pálido ha pronunciado esta fórmula
que inquieta a todo el mundo. ¿En qué consiste la literalidad de la fórmula?
Se notará ante
todo un cierto manierismo, una cierta solemnidad: el uso de prefer en
este sentido es raro, y ni el jefe de Bartleby, el abogado, ni los empleados lo
utilizan habitualmente (“Extraña palabra, que yo jamás utilizo…”). La fórmula
más corriente sería I had rather not. Pero, por encima de todo, la
extravagancia de la fórmula supera las propias palabras: aun siendo gramatical
y sintácticamente correcta, su abrupta terminación NOT TO, al dejar en lo
indeterminado aquello que rechaza, le confiere un carácter radical, una especie
de función-límite. Y su repetición, su insistencia, la hacen aún más insólita
en su totalidad. Susurrada con una voz suave, paciente, átona, se convierte en
algo imperdonable, en un aliento único e inarticulado. En este sentido, está
dotada de la misma fuerza –y desempeña el mismo papel- que si se tratase de una
fórmula agramatical.
Los lingüistas han
analizado lo que en rigor cabe denominar “agramaticalidad”. Encontramos
ejemplos múltiples y de gran intensidad en el poeta americano Cummings: así, He
danced his did, como si dijéramos “él bailó su ejecución”, en lugar de “él
ejecutó su baile”. Según Nicolas Ruwet, podríamos suponer una serie de
variables gramaticales usuales, con respecto a las cuales la fórmula
agramatical se comportaría como un límite: he danced his did sería el
límite de expresiones normales como he did his dance, he danced his
dance, he danced what he did…3No se trataría de una “palabra-baúl”, una
contrucción-hálito, un límite, un tensor. Quizá pudiéramos echar mano de un
ejemplo en francés, en un contexto práctico: alguien que tiene en la mano unos
cuantos clavos para fijar algo en una pared y exclama J´EN AI UN DE PAS
ASSEZ.4 Sería una fórmula agramatical que actuaría como
límite de una serie de grases correctas: “J´en ai un de trop [Tengo uno
de más], Je n´en ai pas assez [No tengo bastantes], Il m´en manque un
[Me falta uno]”. ¿No sería de esta clase la fórmula de Bartleby, al mismo
tiempo un estereotipo del propio Bartleby y una gran expresión poética de
Melvilla, límite de una serie como “preferiría esto, preferiría no hacer
aquello, no es eso lo que yo preferiría…”? Pese a ser una construcción normal,
suena como una anomalía.
PREFERIRÍA NO
HACERLO. La fórmula tiene variantes. A veces abandona el condicional y se
vuelve más seca, I prefer not to. Otras veces, especialmente en sus
últimas apariciones, parece perder su misterio al unirse a tal o cual
infinitivo que la completa, y que se añade al to: “preferiría no decir
nada”, “preferiría no ser un poco razonable”, “preferiría no aceptar un
empleo”, “preferiría hacer otra cosa”… Pero, incluso en estos casos, podemos
sentir la presencia sorda de la insólita fórmula, que sigue atormentando el
lenguaje de Bartleby. Él mismo añade: “No soy particular”, I am not particular,
como indicando que cualquier otra cosa que pudiera proponérsele no sería más
que otra particularidad que caería bajo el peso de la gran fórmula
indeterminada, PREFIERO NO, que resurge completa en cada ocasión.
La fórmula aparece
en diez momentos principales, en cada uno de lo cuales lo hace reiteradamente,
repetida o con variaciones. Bartleby trabaja como copista en la oficina del
abogado: no deja de copiar “silenciosa, lánguida y mecánicamente”. La primera
aparición de la fórmula tiene lugar cuando el abogado le pide que coteje sus
copias, releyendo las de los otros dos empleados: PREFERIRÍA NO HACERLO. La
segunda vez, cuando el abogado le llama para que relea sus propias copias. La
tercera, cuando le invita a leer con él, cara a cara. La cuarta, cuando el
abogado quiere enviarle a hacer un recado. La quinta, cuando el abogado quiere
entrar en su oficina un domingo por la mañana y se da cuenta de que Bartleby
duerme allí. La séptima, cuando el abogado se limita a hacerlo preguntas. La
octava, cuando Bartleby ya no copia, cuando ha renunciado tajantemente a
copiar, y el abogado le despide. La novena, cuando su jefe intenta de nuevo
despedirle. La décima, cuando Bartleby ha sido expulsado del despacho, se ha
sentado en la barandilla de la escalera y el abogado, desconcertado, le propone
otras ocupaciones inusitadas (llevar las cuentas de una tienda, ser camarero,
archivar facturas, ser acompañante de un joven de buena familia…). La fórmula
prolifera y se ramifica. En cada una de sus apariciones, alrededor de Bartleby
se instala el estupor, como si se hubiese oído lo Indecible o lo Imprevisible;
y el silencio de Bartleby opera como si lo hubiese dicho todo, como si se
hubiese agotado todo el lenguaje de una sola vez. En cada una de estas
ocasiones, tenemos la impresión de que aumenta el enloquecimiento: no el de
Bartleby “en particular”, sino el de quienes le rodean, especialmente del
abogado, que se lanza a hacer extrañas proposiciones y deriva hacia conductas
aún más raras.
No cabe duda de
que la fórmula es desoladora, devastadora, de que no deja nada en pie a su
paso. Nótese, para empezar, su carácter contagioso: Bartleby “cambia la lengua”
de los demás. Las insólitas palabras, I World prefer, se insinúan en el
lenguaje de los empleados y en el del mismo abogado (“¡También a usted se le ha
pegado la frase!”). Pero lo esencial no es esta contaminación, sino su efecto
sobre Bartleby. Desde que dice PREFIERO NO HACERLO (cotejar las copias), ya no puede
seguir copiando. Sin embargo, jamás dirá que prefiere no copiar sino, más
simplemente, que ha superado (give up) ese estadio. Desde luego, no
ocurre inmediatamente, puesto que sigue copiando hasta después de la séptima
reiteración de la frase. Pero, cuando se percata de ello, se trata de una
suerte de evidencia, como el resultado diferido de aquello que ya estaba
implicado en la primera enunciación de la fórmula. El efecto de la
fórmula-bloque no se limita a rechazar aquello que Bartleby prefiere o no
prefiere, sino que llega a hacer imposible lo que hasta entonces hacía, lo que
hasta entonces se suponía que prefería hacer.
También se ha
observado que la fórmula, I prefer not to, no es una afirmación ni una
negación. Bartleby “no rechaza, pero tampoco acepta, avanza y se retira en su
mismo avance, se expone apenas en una ligera retirada de la palabra”.5 Sería un alivio para el abogado si Bartleby no se
niega, solamente niega algo no preferido (la relectura, los recados…). Y, por
otra parte, Bartleby tampoco acepta o afirma algo preferible, que consistiría
en seguir copiando; plantea únicamente una imposibilidad. En suma, la fórmula
que rechaza sucesivamente todo acto ha englobado ya el acto de copiar, que no
tiene por ello necesidad de rechazar explícitamente. Lo desolador de la fórmula
consiste en que elimina tan despiadadamente lo preferible como cualquier
no-preferencia particular. Anula el término al que afecta, y que rechaza, y que
se torna imposible. De hecho, convierte a ambos términos en indistintos: erige
una zona de indiscernibilidad, de indeterminación, incesantemente creciente,
entre las actividades no preferidas y la actividad preferible. Toda
particularidad y toda referencia quedan abolidas. La fórmula anula incluso el
ser o no ser preferido. Preferiría nada y no más bien algo: no una
voluntad de nada, sino la emergencia de una nada de voluntad. Bartleby se ha
ganado el derecho a sobrevivir, esto es, a permanecer quieto y en pie frente a
un muro ciego, pura pasividad paciente, como diría Blanchot. Ser en cuanto ser,
y nada más. Se le presiona para que diga que sí o no. Pero si dijese que no (que
no coteja las copias, que no hace recados…), o si dijese que sí (copia), sería
inmediatamente vencido, considerado inútil, y no sobreviviría. No puede
sobrevivir más que envolviéndose en esa suspensión que mantiene a todo el mundo
a distancia. Su modo de supervivencia consiste en preferir no cotejar
las copias y, al mismo tiempo en no preferir copiar. Le es preciso
rechazar lo primero para hacer imposible lo segundo. La fórmula tiene dos
tiempos, y no deja de realimentarse a sí misma, volviendo a pasar por las
mismas fases. Por esa razón el abogado tiene la vertiginosa impresión de que
todo comienza desde cero en cada ocasión.
A primera vista,
podría parecer que la fórmula es una mala traducción de un idioma extranjero.
Pero, a decir verdad, su propio esplendor desmiente tal hipótesis. Sucede más
bien como si fuera la fórmula la que socavase la lengua con una especie de
idioma extranjero. Se ha propuesto considerar las agramaticalidades de Cummings
como si dependiesen de un dialecto distinto del inglés normalizado, cuyas
reglas de creación podrían ser descubiertas. Sucede algo similar en el caso de
Bartleby, y la regla sería esa lógica de la preferencia negativa: un
negativismo que sobrepasa toda negación. Pero, aún siendo cierto que las obras
maestras de la literatura constituyen una suerte de lengua extranjera en el
interior del idioma en que están escritas, ¿qué impulso de locura, qué
inspiración sicológica ocupa el lenguaje en tales ocasiones? Es propio de la
psicosis utilizaar un procedimiento que consiste en obligar a la lengua
ordinaria, la lengua normalizada, a “dar cuenta” de otra lengua original,
desconocida, que sería acaso una proyección de la lengua de Dios, y que
implicaría al lenguaje en su totalidad. En Francia, encontramos procedimientos
de esta clase en Rousel y en Brisset; en América, en Wolfson. Pero, ¿no es esta
vocación esquizofrénica la más específica de la literatura norteamericana,
distorsionar el idioma inglés a fuerza de derivaciones, de desviaciones, de
supresiones y de añadidos (a diferencia de la sintaxis normalizada), introducir
algo de psicosis en la neurosis inglesa, inventar una nueva universalidad? Por
fuerza, este inglés invoca las demás lenguas, para hacer que resuene en él
aquella lengua divina de rayos y centellas. Melville inventó una lengua
extranjera subyacente al inglés, que se apodera de él: el OUTLANDISH o el
Desterritorializado, la lengua de la Ballena. De ahí el interés de las
investigaciones sobre Moby Dick, que se basan en los Números y en las
Letras, en su sentido críptico, para extraer al menos un esquema de esa lengua
originaria, inhumana o sobrehumana.6 Es como si se sucedieran aquí tres operaciones: un
cierto “tratamiento” de la lengua; el resultado de ese tratamiento, que tiende
a constituir en la lengua un idioma original; y en su efecto, que consiste en
contaminar al lenguaje en su totalidad, haciéndole huir, empujándole hacia su
propio límite para descubrir su Afuera, silencio o música. Un gran libro es
siempre el reverso de otro libro que sólo se escribe en el alma, con silencio y
con sangre. No se trata únicamente de Moby Dick, sino también de Pierre,
en donde Isabel añade al lenguaje un murmullo incompresible, como un bajo
continuo que acopla la lengua a los acordes y sonidos de su guitarra. Y también
de Billy Budd, naturaleza angelical o adánica, que padece un tartamudeo
que desnaturaliza la lengua al mismo tiempo que pone de manifiesto el Más Allá
musical y celestial de todo lenguaje. Ocurre como en Kafka, “un doloroso
piulido” que enmaraña en la resonancia de las palabras mientras su hermana
prepara el violín para replicar a Gregorio.
También Bartleby
es una naturaleza angelical, adánica, pero su caso parece distinto, porque no
dispone de un Procedimiento general, como el tartamudeo, para tratar la lengua.
Se conforma con su breve Fórmula, aparentemente correcta, un mero tic
local que aparece en determinadas circunstancias. No obstante, el resultado y
el efecto son los mismos: socavar la lengua con una especie de idioma
extranjero, y enfrentar el lenguaje en su totalidad al silencio, hacerle
inclinarse hacia el silencio. Bartleby anuncia el largo silencio en el
que va a entrar Melville, únicamente interrumpido por la música de sus poemas,
y del que ya no sadrá más que para Billy Budd. 7El propio Bartleby no tenía otra salida que
callarse, y retirarse tras su biombo, cada vez que pronunciaba la fórmula,
hasta su silencio definitivo en la cárcel. Después de la fórmula ya no hay nada
más que decir: vale por un procedimiento, supera su apariencia incidental.
El propio abogado
tiene su teoría acerca de las razones por las cuales la fórmula de Bartleby
resulta devastadora para el lenguaje. Todo lenguaje -sugiere- tiene sus
referencias, sus presupuestos (assumptions). No es exactamente aquello
que el lenguaje designa, sino lo que le permite designar. Una palabra presupone
siempre otras palabras que podrían sustituirla, completarla o constituir
alternativas frente a ella: en estas condiciones, el lenguaje se distribuye
para designar cosas, estados de cosas y acciones, de acuerdo con un conjunto de
convenciones, implícitas o subjetivas, otro tipo de referencias o de
presupuestos. Cuando hablamos, no indicamos únicamente cosas o acciones, sino
que ejecutamos actos que nos garantizan ciertos vínculos con nuestros
interlocutores, según nuestras relaciones mutuas: ordenamos, preguntamos,
prometemos, rogamos, emitimos “actos de habla” (speech acts).
Los actos de habla
son autoreferenciales (yo doy efectivamente una orden al decir “te ordeno…”),
mientras que las proposiciones descriptivas se refieren a otras cosas o a otras
palabras. Este doble sistema de referencia es el que Bartleby destruye.
La fórmula I
PREFER NOT TO excluye toda alternativa, sepulta todo aquello que pretende
conservar al mismo tiempo que descarta cualquier otra cosa; implica que
Bartleby deja de copiar, es decir, de reproducir palabras; inaugura una zona de
indeterminación en la cual las palabras ya no se distinguen, abre un vacío en
el lenguaje. Pero, al mismo tiempo, desactiva aquellos actos de habla mediante
los cuales un jefe puede dar órdenes, un amigo bienintencionado puede hacer
preguntas o un hombre de fe puede prometer. Si Bartleby se negase a algo, aún
podría ser reconocido como un rebelde o un contestatario, y recibir en
condición de tal un estatuto social. Pero la fórmula desactiva todo acto de
habla al mismo tiempo que convierte a Bartleby en un mero excluido a quien no
cabe ya atribuir situación social alguna. De esto es de lo que el abogado se
percata con pavor: todas sus esperanzas de rescatar a Bartleby para la razón se
desvanecen, porque se apoyan en esa lógica de los presupuestos de
acuerdo con la cual un jefe “espera” ser obedecido y un amigo bienintencionado
ser escuchado, mientras que Bartleby ha inventado una nueva lógica, la lógica
de la preferencia, que se basta para minar los presupuestos del lenguaje.
Tal como lo ha subrayado Mathieu Lindon, la fórmula “desconecta” las palabras
de las cosas, pero también los actos de las palabras: priva al lenguaje de toda
referencia, en consonancia con la vocación absoluta de Bartleby ser un
hombre sin preferencias, que aparece y desaparece, sin referencia a sí
mismo ni a ninguna otra cosa.8 Por ello, y pese a su apariencia correcta, la
fórmula funciona como una expresión auténticamente agramatical.
Bartleby es el
Solterón, aquel de quien Kafka decía: “No tiene más suelo que el que precisan
sus dos pies, ni más punto de apoyo que el que ocupan sus dos manos”, el que se
tiende en la nieve en pleno invierno para morir de frío como un niño, el que no
tiene otra cosa que hacer más que pasear, pero que puede hacerlo en cualquier
lugar, sin moverse.9 Bartleby es el hombre sin preferencias, sin
posesiones, sin propiedades, sin cualidades, sin particularidades: demasiado
llano como para que se le pueda adherir alguna particularidad. Sin pasado ni
futuro: es instantáneo. I PREFER NOT TO es la fórmula química o alquímica de
Bartleby que también podemos leer en su reverso: I AM NOT PARTICULAR, no soy
particular, como su complemento indispensable. La búsqueda de este hombre
anónimo, regicida y parricida, Ulises de la modernidad (“Mi nombre es Nadie”)
atraviesa todo el siglo XIX: el hombre anonadado y mecanizado de las grandes
metrópolis, pero de quien se espera que surja, quizás, el Hombre del porvenir o
de un mundo nuevo. El Proletario y el Americano son las dos caras de un mismo
mesianismo. La novela de Musil persigue también esta figura, e inventa una
nueva lógica de la cual El hombre sin atributos, es al mismo tiempo el
pensador y el producto.10 La derivación de Melville hacia Musil nos parece
acertada, si bien no hay que buscarla en Bartleby, sino, por el contrario,
la abolición de la diferencia sexual en cuanto particularidad, en beneficio de
una relación andrógina en la que tanto Pierre como Ulrich son o se vuelven
mujeres. ¿Sería, en el caso de Bartleby, su relación con el abogado una de esas
relaciones misteriosas que indican la posibilidad de una transformación, de un
hombre nuevo? ¿Llegará Bartleby a conquistar el lugar de sus paseos?
Puede que Bartleby
sea el loco, el demente, el sicótico (“una disfunción innata e incurable” del
alma). Pero, ¿cómo estar seguros, teniendo en cuenta las anormalidades del
abogado, que no deja de comportarse de un modo tan extraño? El abogado acaba de
alcanzar una importante promoción profesional. Recordemos también que el
presidente Schreber se abandona a su delirio tras un ascenso, como si eso le
confiriera el coraje de arriesgarse. Pero, ¿a qué se arriesgaría el abogado? Ya
tiene dos escribientes que, de un modo similar a los botones de Kafka, son
dobles invertidos: el uno está sobrio por la mañana y borracho por la tarde, el
otro sufre una indigestión casi permanente por las mañanas, pero su estado es
casi normal por las tardes. Cuando necesita otro escribiente, contrata a
Bartleby sin ninguna referencia, tras una breve conversación, porque su
palidez le parece el signo de una constancia capaz de compensar la
irregularidad de los otros dos. Pero, desde el primer día, llega con Bartleby a
un extraño acuerdo (arrangement): el escribiente se sentará en el mismo
despacho que el abogado, cerca de las puertas que le separan de la oficina de
sus empleados, entre una ventana que da a una pared próxima y un panel de color
verde-hierba, como si se tratase de que Bartleby pudiera oír sin ser visto.
Nunca sabremos si fue una ocurrencia del abogado o un acuerdo alcanzado en la
conversación, pero el hecho es que, en esta disposición, un Bartleby invisible
lleva a cabo una considerable cantidad de trabajo “mecánico”. Mas en cuanto el
abogado pretende que abandone su biombo, Bartleby pronuncia su fórmula. Tanto
esta primera vez como las siguientes, el abogado se siente desarmado,
desamparado, estupefacto, fulminado, sin respuesta ni salida. Bartleby deja de
copiar pero se queda impávido en las referencias. Sabemos a qué extremos tiene
que recurrir el abogado para deshacerse de Bartleby, volver a su casa, cambiar
de despacho profesional, desaparecer durante varios días para huir de las
quejas del nuevo arrendatario de su antigua oficina. Una extraña fuga durante
la cual el abogado, errante, vive en su coche de caballos. Todo, desde el
arreglo inicial hasta esta fuga irresistible y cainita, es muy extraño, el
abogado se comporta como si estuviese loco. Las declaraciones de amor y los
deseos de asesinato con respecto a Bartleby se alternan en su alma. ¿Qué ha
sucedido? ¿Es un caso de locura contagiosa, un caso de duplicidad, una relación
homosexual casi confesada (“Sí, Bartleby… nunca me siento ser yo mismo tanto
como cuando sé que tú estás ahí… me acerco al designio vital que me estaba
predestinado…”)?
Podemos suponer
que la contratación de Bartleby fue una especie de pacto, como si el abogado,
tras su ascenso, hubiese decidido convertir a este personaje, sin referencias
objetivas, en su hombre de confianza, que le debería todo a él. Quiere
convertirle en su hombre. El pacto consistía en lo siguiente: no verle,
como un ave nocturna que no soporta la mirada. Entonces, sin duda, cuando el
abogado (sin hacerlo siquiera explícito) quiere sacar a Bartleby de su biombo
para corregir las copias con los otros escribientes, viola el pacto. Por ello,
Bartleby, al mismo tiempo que “prefiere no” corregir las copias, tampoco puede
seguir copiando. Entonces, Bartleby se deja ver, incluso aunque no se le haya
llamado, permanece de pie en mitad de la oficina, pero ya no copia. Presa de un
oscuro presagio, el abogado supone que Bartleby ha dejado de copiar a causa de
problemas oculares. Y, en efecto, al estar expuesto a las miradas, Bartleby ya
no puede seguir viendo, y deja de mirar. Ha contraído la enfermedad legendaria
que, en cierto modo, le es innata, es un tullido porque es un autóctono,
alguien que ha nacido del lugar y que permanece en él, mientras que el abogado
desempeña necesariamente la función del traidor condenado a huir. Las protestas
del abogado están transidas de una sombría culpabilidad, por mucho que invoque
la filantropía, la amistad o la caridad. El caso es que el abogado ha
quebrantado el acuerdo que él mismo había dispuesto; y Bartleby recoge de sus
ruinas un rasgo de expresión: PREFIERO NO HACERLO, que proliferará por
sí solo, que infectará a los demás, que pondrá en fuga al abogado y al propio
lenguaje, y que cultivará una zona de indiscernibilidad tal que las palabras no
podrán ya distinguirse, ni tampoco los personajes, el abogado huyendo y
Bartleby inmóvil, petrificado. El abogado se lanza a vagabundear mientras
Bartleby se queda quieto, y precisamente por eso, por quedarse quiero y no
moverse, Bartleby será tratado como un vagabundo.
¿Hay una relación
de identificación entre el abogado y Bartleby? Pero, ¿qué es una relación de
identificación, y en qué sentido progresa? Lo más habitual es que una
identificación comporte tres elementos, que pueden además intercambiarse,
permutarse: una forma, imagen o representación, retrato o modelo; un sujeto, al
menos virtual; y el esfuerzo del sujeto para adquirir la forma, para apropiarse
de la imagen, para adaptarse a ella y adaptarla a él. Se trata de una compleja
operación que atraviesa todas las aventuras de la semejanza, y que está siempre
a un paso de caer en la neurosis o de convertirse en narcisismo. Es lo que se
llama “rivalidad mimética”. Moviliza una función paterna general: la imagen por
excelencia es una imagen de padre, y el sujeto es un hijo, incluso aunque se
intercambien las determinaciones. La novela de formación, que también podría
llamarse novela de referencia, suministra numerosos ejemplos de identificación.
Es cierto que
muchas novelas de Melville comienzan con imágenes o retratos, y parece como si
contasen la historia de una formación sometida a la función paterna: es el caso
de Redburn. Pierre o las ambigüedades comienza con la imagen del
padre, estatua y cuadro. Incluso Moby Dick reúne al comienzo las
informaciones que confieren figura a la ballena y dibujan su imagen, hasta el
tenebroso cuadro del albergue. Bartleby también cumple esta regla, pues
los dos escribientes son como imágenes de papel, inversas y simétricas, y el
abogado desempeña una función paternal poco creíble en Nueva York. Todo empieza
como si se tratase de una novela inglesa, de Londres y de Dickens. Pero siempre
hay algo extraño que enturbia la imagen y la dota de una incertidumbre
esencial, que impide que la forma se “consolide” y que destruye también al
sujeto, lanzándolo a la deriva y aboliendo toda función paterna. Y este es el
punto en que las cosas empiezan a ponerse interesantes. La estatua del padre
deja paso a un retrato mucho más ambiguo, y luego a un tercero en que ya es el
de cualquiera o el de nadie. Se pierden las referencias, y la formación del
hombre deja paso a un nuevo elemento, desconocido, al misterio de una vida no
humana, informe, un Squid. Todo empieza a la inglesa, pero continúa a la
americana, siguiendo una irresistible línea de fuga. Achab tiene todo el
derecho a decir que huye de todas partes. La función paterna desaparece en
beneficio de fuerzas más ambiguas y oscuras. El sujeto pierde su textura a
favor de un patchwork que prolifera infinitamente: el patchwork americano
se convierte en ley de la obre de Melville, privada de un centro, de un anverso
y de un reverso. Sucede como si los rasgos de expresión escapasen de la forma,
como líneas abstractas de una escritura ignota, como los pliegues que se
retuercen en la frente de Achab y en la de la Ballena, como los cabos que
atraviesan las jarcias fijas con “horribles contorsiones”, con el peligro constante
de arrojar al mar a un marineo, de arrastrar a un hombre a la muerte.11 En Pierre o las ambigüedades, la sonrisa
inquietante del joven desconocido, en el cuadro que tanto se parece al de su
padre, funciona como un rasgo expresivo que se emancipa, y hasta para deshacer
toda semejanza, así como para hacer vacilar al sujeto. I PREFER NOT TO es
también un rasgo de expresión que todo lo contamina, que escapa de la forma
lingüística, desposeyendo al padre de su palabra ejemplar así como al hijo de
su posibilidad de reproducirla o de copiarla.
Incluso tratándose
de un proceso de identificación, es un proceso que se ha vuelto sicótico en
lugar de seguir las aventuras de la neurosis. Una pizca de esquizofrenia se
escapa de la neurosis del viejo mundo. Podemos, a este respecto, señalar tres
características distintivas. En primer lugar, el rasgo expresivo informal se
contrapone a la imagen o forma expresada. En segundo lugar, no hay un sujeto
que intenta elevarse hasta la imagen, sea que su intento triunfe o que fracase.
Más bien habría que decir que se produce una zona de indistinción, de
indicernibilidad, de ambigüedad entre dos términos, como si
estuvieran en el instante inmediatamente anterior a su diferenciación mutua: no
es similitud, sino una extrema cercanía, un deslizamiento, una contigüidad
absoluta; no es una filiación natural, sino una alianza antinatural. Una zona
“hiperbórea”, “ártica”. No es cuestión de mímesis sino de transformación: Achab
no imita a la Ballena, se trasforma en Moby Dick, alcanza la zona de inmediatez
en la cual ya no puede distinguirse de Moby Dick, y se ataca a sí mismo cuando
la ataca. Moby Dick es la “muralla inminente” con la que se confunde. Redburn
renuncia a la imagen del padre para alcanzar los ambiguos rasgos del hermano
misterioso. Pierre no imita a su padre, llega a la zona de extrema vecindad en
la que ya no puede distinguirse de su hermanastra Isabel y se torna mujer.
Mientras que la neurosis se debate en las redes de un incesto con la madre, la
psicosis se entrega a un incesto con la hermana como mutación, a una libre
identificación del hombre y la mujer: también Kleist emite rasgos expresivos atípicos,
casi animales, tartamudeos, chirridos, rictus que alimentan su conversación
pasional con su hermana. Y es que, en tercer lugar, la psicosis persigue un
sueño, establecer una función universal de fraternidad independiente del
padre, construida sobre las ruinas de la función paterna y que presupone la
disolución de toda imagen del padre, conforme a una línea autónoma de alianza o
de proximidad que hace de la mujer una hermana y de los demás varones hermanos,
como la terrible “cuerda de los monos” que une a Ismael y a Queequeg como si
fueren un matrimonio. Son las tres características del sueño americano, que
componen una nueva identificación, el nuevo mundo: el Rasgo, la Zona y la
Función.
Pero estamos
mezclando personajes tan diferentes como Achab y Bartleby. ¿No es más cierto
que todo en ellos les contrapone? La psiquiatría melvilliana indica
constantemente dos polaridades: los monomaniacos y los hipocondriacos,
los demonios y los ángeles, los verdugos y las víctimas, los Rápidos y los
Lentos, los Fulminantes y los Petrificados, los Impenitentes (porque rebasan el
mayor castigo) y los Irresponsables (porque no alcanzan la menor
responsabilidad). ¿Qué acto comete Achab cuando lanza sus flechas de fuego y de
locura? Ha quebrantado un pacto. Ha traicionado la ley de balleneros, que
consiste en capturar toda ballena sana con la que se encuentren, sin elegir.
Él, sin embargo, elige, continuando así su identificación con Moby Dick,
arrastrando hasta volverse indiscernible de ella, poniendo a toda su
tripulación en peligro de muerte. El teniente Starbuck le reprocha amargamente
esta monstruosa preferencia, y acaricia incluso la idea de matar al capitán
traidor. Este es el pecado prometeico por excelencia: escoger.12
Era ya el caso de
la Pentesilea de Kleist, una suerte de Achab-mujer que había elegido a su
enemigo como su doble indiscernible, Aquiles, desafiando la ley de las Amazonas
que prohíbe preferir a un enemigo. La sacerdotisa y las Amazonas ven en ello
una traición que la locura castiga con una identificación caníbal. Melville nos
presenta otro demonio monomaniaco, el maestro armero Claggart de su última
novela, Billy Budd. No debe despistarnos la función subalterna de
Claggart: como el capitán Achab, no es un caso de malignidad psicológica sino
de perversión metafísica, perversión que consiste en escoger su presa, en una
especia de amorosa preferencia por una víctima particular, en lugar de
someterse a la ley de los marineros, que ordena aplicar a todos la misma
disciplina. El propio narrador lo sugiere, al traer a colación a una antigua y
misteriosa teoría cuya exposición se encuentra ya en Sade: la ley, las leyes,
gobiernan sobre una naturaleza sensible secundaria, pero hay seres innatamente
depravados que participan de una Naturaleza primaria y suprasensible,
originaria, oceánica, que persigue a través de las leyes de su propia e
irracional finalidad –la Nada, la Nada-, y que no conoce ley alguna.13
Achab perforará el
muro aunque no haya nada al otro lado, y hará de la nada el objeto de su
voluntad. “Para mí, esa ballena blanca es la muralla que tengo enfrente. A
veces pienso que no hay nada al otro lado, pero me da lo mismo”. De estos
seres, oscuros como los peces que habitan los abismos, dice Melville que sólo
un ojo de profeta, y no de sicólogo, puede detectarlos y
diagnosticarlos, aunque no pueda prevenirles contra su enloquecida pretensión,
“misterio de iniquidad”…
Esto nos permite
clasificar los grandes personajes de Melville. En un extremo, los monomaniacos
o demonios, que detentan una preferencia monstruosa, movidos por una voluntad
de nada: Achab, Claggart, Babo… En el otro extremo, los ángeles o
hipocondriaco, casi estúpidos, criaturas de pureza e inocencia, afectados por
una debilidad constitutiva, pero también por una extraña belleza, petrificados
por naturaleza, y que prefieren… ninguna voluntad en absoluto, nada de voluntad
mejor que voluntad de nada (el “negativismo” hipocondriaco). No pueden
sobrevivir más que petrificándose, nagando la voluntad, y esa suspensión les
santifica.14 Tal es el caso de Cereno, de Billy Budd y, por
encima de todos, de Bartleby. Y, aunque las dos clases de personajes se
contraponen punto por punto –unos son traidores innatos y los otros
traicionados por su propia esencia, unos son unos padres monstruosos que
devoran a sus hijos y los otros hijos abandonados y sin padre-, frecuentan el
mismo mundo y configuran sus alternancias, del mismo modo que, en la escritura
de Melville y también en la de Kleist, se alternan los procesos estacionarios y
coagulados con otros procedimientos de velocidad extrema: el estilo, con
su oscilación entre catatonias y precipitaciones… Pero los unos y los otros,
los dos tipos de personajes, Achab y Bartleby, pertenecen a esa Naturaleza
primaria, la habitan y la componen. Todo les enfrenta, pero sin embargo se
trata quizás de una misma criatura, primigenia, original, obstinada, vista desde
sus dos lados, afectada por un signo “más” o por un signo “menos”: Achab y
Bartleby, como, en el caso de Kleist, la terrible Pentesilea y la dulce y
pequeña Catalina, el más allá y el más acá de la consciencia, la que elige y la
que no elige, la que aúlla como una loba y la que preferiría no hablar.15
En Melville hay
además un tercer tipo de personajes, que están del lado de la ley, guardianes
de las leyes divinas o humanas de la naturaleza secundaria: son los profetas.
En su caso particular, el capitán Delano carece de ese ojo de profeta, pero
Ismael en Moby Dick, el capitán Vere en Billy Budd o el abogado
de Bartleby poseen el poder de “Ver”: son capaces de detectar y de
comprender hasta donde ello es posible, a esos seres de la Naturaleza primaria,
los grandes demonios monomaniacos o los santos inocentes, y a veces a ambos.
Ellos tampoco están exentos de ambigüedad. Aun habiendo descubierto la
Naturaleza primaria que les fascina, no por ello dejan de ser representantes de
la naturaleza secundaria y de sus leyes. Son portadores de la imagen paterna:
parecen buenos padres, padres benévolos (o al menos hermanos mayores protectores,
como Ismael con respecto a Queequeg). Pero no pueden nada contra los demonios,
porque éstos son demasiado rápidos para la ley, demasiado sorprendentes. Y
tampoco alcanzan a salvar a los inocentes irresponsables: los inmolan en nombre
de la ley, hacen con ellos el sacrificio de Abraham. Ocultan bajo su máscara
paternal una doble identificación: con el inocente, por quien experimentan un
amor verdadero, pero también con el demonio, pues a su modo rompen el pacto con
el inocente a quien aman. Son, por tanto, traidores, pero de un modo diferente
que Achab o Claggart: éstos violan la ley, mientras que Vere o el abogado, en
nombre de la ley, quebrantan un acuerdo implícito y casi inconfesable (incluso
Ismael parece separarse de su hermano salvaje Queequeg). No dejan de adorar al
inocente a quien han condenado: el capitán Vere morirá susurrando el nombre
Billy Budd, y las últimas palabras del abogado, al concluir su relato, son
“¿¡Ah, Bartleby, Ah, humanidad!”, indicando no tanto una conexión como una
alternativa, de la cual ha tenido que elegir, contra Bartleby, la ley demasiado
humana. Desgarrados por las contradicciones entre las dos Naturalezas, estos
personajes tienen gran importancia, aunque no alcanzan la estatura de los otros
dos tipos. Son más bien los Testigos, los narradores, los intérpretes. A este
tipo de personaje se le escapa un problema, un problema más elevado, que se
debate entra los otros dos.
The Confidence-man (en el mismo
sentido en que se dice Medicine-man, el hombre-confianza, el hombre de confianza)
está lleno de reflexiones de Melville acerca de la novela. La primera de ellas
es la reclamación de los derechos de un irracionalismo superior (Cap. 14). ¿Por
qué tendría que verse obligado el novelista a explicar el comportamiento de sus
personajes, y a exhibir sus razones, cuando la propia vida jamás da
explicaciones y mantiene tantas zonas oscuras, indiscernibles, indeterminadas
en sus criaturas, zonas que desafían toda aclaración? La vida justifica, no
tiene necesidad de ser justificada. La novela inglesa, y aún más la francesa,
tienen necesidad de racionaliza, aunque sea en las últimas páginas y la
sicología es ciertamente la forma postrera del racionalismo: el lector
occidental espera de ella la última palabra. En este aspecto, el psicoanálisis
ha renovado las aspiraciones de la razón. Pero, aunque el psicoanálisis ha
renovado las aspiraciones de la razón. Pero, aunque el psicoanálisis nunca se
ha privado de recurrir a las grandes novelas, ningún gran novelista de su
tiempo ha llegado sentir demasiado interés por el psicoanálisis. El acto
fundacional de la novela americana, como el de la novela rusa, consistió en
liberar a la novela de la vía de las razones, dando nacimiento a personajes que
se sostienen en la nada y que sólo sobreviven en el vacío, que conservan su
misterio hasta el final, desafiando tanto a la lógica como a la psicología.
Incluso sus almas, según Melville, son “un vacío inmenso y terrorífico”, y el
cuerpo de Achab es una “concha vacía”. Aunque tengan su fórmula, no se trata de
una fórmula explicativa, pues el PREFIERO NO HACERLO conserva su carácter
cabalístico, como sucede con el Hombre de Subsuelo, que no puede evitar que 2
más 2 sumen 4, pero que no se RESIGNA a ello (preferiría que 2 más 2 no sumasen
4). Lo importante para el gran novelista, ya sea Melville, Dostoievski, Kafka o
Musil, es que todo conserve su carácter enigmático sin ser, empero, arbitrario:
en suma, una nueva lógica, una lógica plena, pero que no nos remite a la razón,
que expresa la intimidad de vida y la muerte. El novelista tiene ojo de
profeta, no de psicólogo. En el caso de Melville, sus tres grandes categorías
de personajes pertenecen a esta nueva lógica en la misma medida en que esa
lógica les pertenece. Igual que la vida, la novela tampoco necesita justificación
si alcanza la Zona buscada, la zona hiperbórea alejada de las regiones
templadas.16 No hay, en realidad, razón alguna, la razón no
existe más que fragmentariamente. En Billy Budd, Melville define los
monomaniacos como los Maestros de la razón, motivo por el cual es tan difícil
sorprenderles; pero ello sucede porque su delirio es activo, se sirven de la
razón, la ponen al servicio de sus fines últimos, que nada tienen en verdad de
racionales. Los hipocondríacos, en cambio, son los Excluidos de la razón, sin
que podamos adivinar si acaso no son ellos mismos los que se excluyen para
obtener algo que ella no puede darles, lo indiscernible, lo innombrable con lo
cual se confunden. Finalmente, incluso los profetas no son otra cosa que
Náufragos de la razón: Vere, Ismael o el abogado se aferran con tanto empeño a
las ruinas de la razón, cuya integridad intentan en vano restituir, porque han visto
demasiado, y lo que han visto les ha afectado irreversiblemente.
Pero una segunda
observación de Melville (Cap. 44) introduce una distinción esencial entre los
personajes de novela. Dice Melville que hay que procurar ante todo no confundir
a los auténticos Originales con los personajes simplemente relevantes o singulares,
particulares. Pues estos últimos, de los cuales una novela puede incluir un
gran número, poseen caracteres que determinan su forma y propiedades que
componen su imagen; se influencian unos a otros y reciben la influencia de su
medio; aunque conservan en todo momento su valor particular, sus acciones y
reacciones obedecen a leyes generales. Asimismo, las frases que pronuncian son
características de ellos, aunque sigan las leyes generales de la lengua. Del
original, en cambio -dejando aparte al Dios primordial-, no se sabe siquiera si
existe realmente, y constituye ya una maravilla suficiente el hecho de
encontrar a uno de ellos. No parece que una novela pueda admitir más de un
original, declara Melville. Cada original es una poderosa y solitaria Figura que
desborda toda forma explicable: emite resplandecientes trazos expresivos que
señalan la obstinación de un pensamiento sin imágenes, de una pregunta sin
respuesta, de una lógica extrema y sin racionalidad.. figuras de vida y de
saber, conocen algo inexpresable, experimentan algo insondable. No tienen nada
de general, pero tampoco son particulares: escapan al conocimiento, desafían a
la psicología. Hasta las palabras que pronuncian escapan de las leyes generales
de la lengua (los “presupuestos”) tanto como a las particularidades del habla,
son como vestigios o residuos de la lengua única original y primaria, y
arrastran al lenguaje en su totalidad hacia el límite del silencio o de la
música. Bartleby no tiene nada de particular, pero tampoco de general, es un
Original.
Los originales son
los entes de la Naturaleza primaria, aunque no se les pueda separar del mundo o
Naturaleza secundaria sobre la cual producen sus efectos: revelan su vacío,
ponen de manifiesto la imperfección de las leyes, la mediocridad de las
criaturas particulares, muestran el mundo como mascarada (lo que Musil, por su
parte, denominará “acción paralela”). La función de los profetas, es decir, de
aquellos que justamente no son originales, consiste en detentar la exclusiva
del reconocimiento de las huellas de éstos en el mundo y las indecibles
perturbaciones que provocan. El original, según Melville, no padece la
influencia de su medio sino que, al contrario, expande a su alrededor una luz
blanca y pálida, parecida a la que “acompaña el inicio de todas las cosas en el
Génesis”. A veces, los originales son la fuente inmóvil de esta luz, como el
vigía del palo mayor, como Billy Budd colgando maniatado, pero “elevándose” con
el resplandor del alba, como Bartleby inmóvil en la oficina del abogado; otras
veces, son el trayecto fulgurante de esa luz, su movimiento demasiado rápido
para el ojo normal, el rayo de Achab o Claggart. Tales son las dos grandes
Figuras originales que encontramos siempre en Melville. Panorámica y travelling,
proceso estacionario y velocidad infinita. ¿No es ésta contradicción lo que
separa a los originales de ambos tipos? ¿No es el hecho de que el ritmo
comporta estos dos elementos, de que las estaciones ritman el movimiento y la
calma estalla en relámpagos? ¿Qué quiere decir Jean-Luc Godard cuando, en
nombre del cine, afirma que hay un “problema moral” en la elección entre una
panorámica y un travelling? Puede que sea esta diferencia la responsable
de que, según parece, una novela no pueda incluir más que un original. Las novelas
mediocres no han conseguido jamás crear personaje original alguno, pero,
¿podría la mejor de las novelas crear más de uno al mismo tiempo? Achab o Bartleby.
Sucede como con las grandes Figuras del pintor Bacon, que confiesa no haber
encontrado la manera de reunir dos de ellas en un mismo cuadro.17 Sin embargo, Melville encontrará la manera. Sale
de su silencio para escribir finalmente Billy Budd porque, en esta
última novela, bajo la penetrante mirada del capitán Vere, consigue reunir a
los dos originales, el demoníaco y el petrificado: el problema no consistía en
vincularlos mediante una trama, asunto sencillo e irrelevante para el cual
basta que uno de ellos se convierta en víctima del otro, sino en conseguir que
se sostenganjuntos en el cuadro (lo había intentado ya en Benito
Cereno, pero con un resultado imperfecto, bajo la mirada miope y turbia de
Delano).
¿Cuál es, pues, el
problema más grave que atormenta a Melville en toda su obra? ¿Alcanzar la
identidad presentida entre ambos personajes? Se trata sin duda alguna de
reconciliar a los dos originales, pero para ello es preciso también
reconciliar al original con la humanidad secundaria, lo inhumano con lo
humano. Lo que el capitán Vere o el abogado prueban es que no hay padre bueno.
Sólo hay padres monstruosos y devoradores e hijos sin padre, petrificados. Si
hay salvación para la humanidad o reconciliación entre los originales, sólo
puede tener lugar en la disolución, en la descomposición de la función paterna.
De ahí la gran escena en la cual Achab, invocando los fuegos de San Telmo,
descubre que el propio padre es un hijo abandonado, un huérfano, en tanto que
el hijo no es tal hijo o es un hijo de cualquiera, es un hermano.18 Como diría Joyce, la paternidad no existe, no es
más que un vacío, una nada o, más bien, una zona de incertidumbre compartida
por los hermanos, por el hermano y la hermana. Para que la Naturaleza primaria
se pacifique hay que desenmascarar al padre caritativo, para que se reconozcan
Achab y Bartleby, Claggart y Billy Budd, para que la violencia de los unos y el
estupor de los otros puedan rendir su fruto: la pura y simple relación
fraternal. Melville no cesa de desarrollar la radical oposición de la
fraternidad con relación a la “caridad” cristiana o a la “filantropía”
paternal. Liberar al hombre de la función de padre, engendrar al hombre nuevo,
al hombre sin particularidades, reunir la humanidad y la originalidad
constituyendo una sociedad de hermanos a modo de una nueva universalidad. Pues
en la sociedad de los hermanos la filiación es sustituida por la alianza y la
consanguineidad por el pacto de sangre. Cada varón es, efectivamente, hermano
de sangre de cada varón, así como cada mujer es su hermana de sangre: es lo que
Melville califica como la comunidad de los solteros, que arrastra a sus
miembros a una mutación ilimitada. Un hermano, una hermana, tanto
más auténticos por no ser sus propios hermanos o hermanas, por carecer de toda
“propiedad”. Pasión ardiente, más profunda que el amor, que excluye toda
substancia y todo atributo, y que dibuja una zona de indiscernibilidad en la
cual recorre todas las intensidades en todos los sentidos, desde la relación
homosexual entre hermanos hasta la relación incestuosa del hermano con la
hermana. Misteriosa donde las haya, la relación que mantienen Pierre e Isabel,
la que liga a “Roc” y a Catalina en Cumbres Borrascosas, la que vincula
a Achab con Moby Dick: “Sea cual sea la materia de la que están hechas nuestras
almas, la suya y la mía son gemelas… Mi amor por él se parece a las eternas
rocas subterráneas, necesarias aunque no proporcionen ningún goce aparente…
¡Soy Heathcliff! Siempre le tengo presente: no como un placer, sino como mi
propio ser…”.
¿Cómo podría
realizarse esta comunidad? ¿Cómo podría resolverse el problema más grave? ¿O
acaso ya está resuelto y realizado, en la medida en que no es un problema
personal sino histórico, geográfico y político? No se trata de un asunto
individual ni particular, sino colectivo, se trata del pueblo, o mejor, de
todos los pueblos. No es una fantasía edípica, es un problema político. El
desparejado de Melville, Bartleby, no menos que el de Kafka, han de encontrar
“el lugar de sus paseos”, América. El Americano se ha liberado de la función de
paternal de Inglaterra, es hijo de un padre disperso, de todas las naciones. Ya
antes de la independencia, los americanos comienzan a pensar en una combinación
de Estados, en la forma de Estado compatible con su vocación; y su vocació es
no reconstruir un “viejo secreto de Estado”, una nación, una familia, una
herencia, un padre, sino más bien constituir un universo, una sociedad
fraternal, una federación de hombres y de bienes, una comunidad de individuos
anarquistas, inspirada en Jefferson, en Thoreau, en Melville. De ahí la
declaración de Moby Dick (Cap. 26): “Si el hombre es hermano del hombre,
si es digno de ‘confianza’, no lo es por pertenecer a una nación, ni como
propietario o accionista, sino únicamente en cuanto ombre, cuando ha perdido
aquellos caracteres que constituyen su ‘violencia’, su ‘idiocia’, su ‘ruindad’,
cuando su única conciencia de sí es la ‘dignidad democrática’ que considera
toda particularidad como una lacra ignominiosa generadora de angustia o de
piedad. América es el potencial del hombre sin particularidades, del Hombre original”.
Ya en Redburn (cap. 33) se decía: “No es posible verter una sola gota de
sangre americana sin derramar la sangre del mundo entero. Cuando los ingleses,
alemanes, daneses o escoceses, cuando los europeos desprecian a un americano,
injurian a su propio hermano, y hacen que sus almas peligren el día del Juicio.
No somos una raza determinada, ni una tribu nacionalista y beata de hebreos de
sangre degenerada por la obsesión de una excesiva pureza, de una descendencia
directa mediante matrimonios consanguíneos… No somos tanto una nación como un
mundo, pues, a no ser que, como Melquesedec, considerásemos al mundo entero
como nuestro padre, no tenemos padre ni madre… Somos los herederos de todos los
siglos, de todos los tiempos, y compartimos nuestra herencia con todas las
demás naciones…”.
El retrato del
proletario del siglo XIX se presenta como el advenimiento del hombre comunista
o de la sociedad de los camaradas, el futuro Soviet; al no tener familia ni
propiedad, carece de toda otra determinación que no consista en ser hombre, Homo
tantum. Y es también así como aparece el americano, aunque con otros
medios, y los rasgos de ambos se entremezclan y superponen con frecuencia.
América pensaba hacer una revolución con la fuerza de la inmigración universal,
con los emigrados de todos los países, mientras que la Rusia bolchevique
pensaba hacer una revolución cuya fuerza sería la proletarización universal,
“Proletarios de todos los países…”: dos formas de la lucha de clases. El
mesianismo del siglo XIX tiene dos rostros, y se expresa tanto en el pragmatismo
norteamericano como en el socialismo que ha terminado siendo ruso.
Comprendemos mal
el pragmatismo cuando queremos ver en él una mera teoría filosófica elaborada
por los americanos. Sólo captamos la novedad del pensamiento americano si vemos
el pragmatismo como una tentativa de transformación del mundo, como un intento
de pensar un nuevo mundo y un hombre nuevo a medida que se hacen. La
filosofía occidental aparece como el cráneo o el Espíritu del padre, que se realiza
en el mundo como totalidad y en un sujeto congnoscente y propietario. El
insulto de Melville “crápula metafísica”, ¿se dirige a la filosofía occidental?
Contemporáneo del trascendentalismo americano (Emerson, Thoreau), Melville
esboza ya los rasgos que el pragmatismo americano desarrollará después. Se
trata, ante todo, de la afirmación de un mundo en proceso, en archipiélago.
No un puzzle cuyas piezas se adaptan mutuamente para reconstruir una
totalidad, sino más bien un muro hecho de piedras independientes y sin
cimentar, en el cual cada elemento cuenta por sí mismo tanto como por su
relación con los demás: piezas sueltas con relaciones variables, islotes entre
los cuales hay puntos móviles y líneas sinuosas, pues los “contornos” de la
Verdad están siempre “desdibujados”. Más que cráneo, es una columna vertebral,
una médula espinal; más que un ropake uniforme, es un traje de Arlequín, aunque
esté confeccionado sólo en blanco, un patchwork infinitamente continuo,
con muchas costuras, como la chaqueta de Redburn, White Jacket o el Gran
Cosmopolita: éste es el invento americano por excelencia, podemos decir que los
americanos son lo inventores del patchwork, en el mismo sentido en que
decimos que los suizos son los inventores del reloj de cuco. Pero todo ello
requiere que el sujeto del conocimiento, el individuo propietario, deje su
lugar a una comunidad de exploradores, los mismísimos hermanos del archipiélago,
que sustituyen el conocimiento por la creencia o, mejor dicho, por la
“confianza”: en lugar de creer en el otro mundo, confiar en este y en el hombre
tanto como en Dios (“voy a intentar la ascensión de Ofo con esperanza, no
con fe… seguiré mi camino”).
El pragmatismo
obedece a este doble principio: principio de archipiélago y principio de
esperanza.19¿Cómo debe ser la comunidad humana para que la
verdad sea posible? Thruth y Trust. Como el propio Melville, el
pragmatismo nunca dejará de combatir simultáneamente en dos frentes: por una
parte, contra las particularidades que contraponen a los hombres entre sí, y
que generan una irremediable desconfianza; y, por otra parte, contra lo
Universal o contra el Todo, contra la fusión de las almas en nombre del amor o
de la caridad. ¿Qué les queda entonces a las almas cuando se han desprendido de
toda particularidad? ¿Qué impide que se fundadn en un rodo? Les queda,
justamente, un ritornelo cantado en los límites del lenguaje que sólo se entona
cuando el alma se pone en camino (o se hace a la mar) con su cuerpo, cuando
vive su vida sin buscar salvación alguna, cuando emprende su viaje encarnándose
sin ninguna meta en particular, y cuando se encuentra con otro viajero al que
reconoce de oído. En esto consiste, al decir de Lawrence, el nuevo mesianismo y
la contribución democrática de la literatura americana: contra la moral
europea de salvación y caridad, una moral vital en la cual el alma sólo se
realiza embarcándose, sin más finalidad, exponiéndose a todos los contactos,
sin pretender jamás salvar a otras almas, separándose de quienes emiten tonos
demasiado autoritarios o demasiado lastimeros, y constituyendo con sus iguales
ciertos acordes, aunque sean efímeros e inconclusos, sin otra satisfacción que
la libertad, dispuesta siempre a liberarse para obtener esa satisfacción.20 La fraternidad, según Melville y Lawrence, se
produce entre almas originales, acaso sólo comienza tras la muerte del padre o
tras la muerte de Dios, pero no deriva de estas figuras, es algo completamente
distinto: “Todas las sutiles simpatías del alma innumerable, del odio más
amargo al más apasionado amor”.
Se precisa una
perspectiva nueva, una perspectiva en archipiélago que conjuge la panorámica y
el travelling, como en las Islas Encantadas. Hace falta una aguda
percepción, buena vista y buen oído, como vemos en Benito Cereno, un
“percepto”, es decir, una percepción mutante en lugar de un concepto. Se
precisa una nueva comunidad cuyos miembros sean dignos de “confianza”,
creyentes en sí mismos, en el mundo y en la transformación. El solterón
Bartleby tiene que emprender su viaje, tiene que encontrar a la hermana con
quien compartir su bizcocho de gengibre como una nueva hostia. Aunque a
Bartleby no le importa vivir enclaustrado en la oficina, sin salir nunca, le
disgustan los nuevos empleos que el abogado le propone: “Demasiado encierro…”.
Si no se le permite hacer su viaje, entonces su lugar no puede ser otro que la
cárcel en la que encuentra la muerte, la “desobediencia civil” de la que
hablaba Thoreau, “el único lugar del mundo en donde un hombre libre puede
residir sin deshonra”. William y Henry James eran hermanos, y Daysi Miller, la
nueva hoven americana, no pide más que un poco de confianza, y se deja morir
porque no consigue ni siquiera ese mínimo que solicitaba. ¿Qué pide Bartleby si
no es un poco de confianza, mientras que el abogado le ofrece únicamente
caridad y filantropía, todas las máscaras de la función paterna? La única
excusa del abogado es que retrocede ante la mutación que artleby ha puesto en
marcha con su mera existencia y que amenaza con arrastrarle: corren rumores…
El héroe del pragmatismo no es ya el empresario fracasado sino Bartleby y Daysi
Miller, Pierre e Isabel, el hermano y la hermana.
Muchas veces se ha
alertado sobre los riesgos de una sociedad sin padres, pero no hay mayor riesgo
que el retorno al padre.21 En este sentido, el fracaso de las revoluciones
americana y soviética, de la prágmatica y de la dialéctica, es un único
fenómeno. La emigración universal no tuvo más éxito que la proletarización
universal. Sus acordes fúnebres sonaron ya en la guerra de secesión americana y
en la liquidación de los soviets en Rusia. El nacimiento de una Nación,
la restauración del Estado-Nación: los padres monstruosos regresan a toda prisa
mientras los hijos sin padre continúan muriendo. El americano y el proletario
se han convertido en tigres de papel. Pero, del mismo modo que muchos
bolcheviques ya presentían en 1917 las diabólicas potencias que se avecinaban,
los pragmatistas y el propio Melville también presagiaron la mascarada en que
podría convertirse la sociedad de los hermanos. Mucho antes que Lawrence, Melville
y Thoreau diagnosticaron la enfermedad americana: el nuevo cemento que
restablece el muro, la autoridad paterna y la inmunda caridad. Bartleby se deja
morir en la cárcel. Ya Banjamín Franklin, el hipócrita Vendedor de
Pararrayos, establece la cárcel magnética a la americana. La ciudad-barco
restituye la más opresiva de las leyes, en donde la fraternidad sólo subsiste
entre los gravieros, mientras están inmóviles en lo alto del mástil (Chaqueta
Blanca). La gran comunidad de los solteros no es más que una asociación de
vividores que no impide en absoluto que los solteros ricos exploten a las
pobres trabajadoras empalidecidas, reconstruyendo las dos figuras no
reconciliadas del padre monstruoso y de las hijas huérfanas (El paraíso de
los solteros y el Tártaro de las muchachas).
En Melville
aparece siempre el estafador americano. ¿Qué potencia maligna ha convertido el Trust
en una agrupación tan cruel como la abominable “nación universal” fundada por
el hombre de los perros de las Islas Encantadas? The Confidence-man,
con el que culmina la crítica melvilliana de la caridad y de la filantropía
esboza una serie de personajes tortuosos que parecen emanados de un “Gran
Cosmopolita” ataviado con un patchwork y que sólo piden… un poco de
confianza humana para perpetrar una estafa m
ultiple y opípara.
¿Se trata de
falsos hermanos enviados por un padre diabólico para restaurar su poder sobre
los americanos demasiado crédulos? La novela es tan compleja que también
podría sostenerse lo contrario: esta enorme teoría de los timadores sería como
la versión cómica de los hermanos auténticos, tal y como son vistos por los
americanos demasiado desconfiados, si es que éstos no se han vuelto ya
incapaces de verlos. Esta cohorte de personajes, hasta el misterioso niño del
final, podría ser la sociedad de los Filántropos que disimulan su proyecto
demoníaco, pero también la comunidad fraternal que los Misántropos ya no pueden
reconocer a primera vista. Pues, dentro de su propio fracaso, la revolución
americana continúa generando sus fragmentos, haciendo que algo escape siempre
por la línea del horizonte, marchándose incluso hasta la luna, intentando
perforar el muro, reemprender la experimentación, avistar una fraternidad en
esta tarea, encontrar a una hermana en este tránsito, descubrir una música en
el tartamudeo de la lengua, hallar un sonido puro de acordes desconocidos en
todo lenguake. Lo que Kafka dirá a propósito de las “naciones pequeñas” lo dice
ya Melville de la gran nación americana, pues ella debe ser precisamente un patchwork
de todas las naciones menores. Lo que Kafka dirá de las literaturas menores lo
dice ya Melville de la literatura americana de su tiempo: dado que en América
hay pocos autores, y que el pueblo es indiferente a ellos, el escritor no puede
ser reconocido como un maestro, pero, incluso en su fracaso y quizás gracias a
él, sigue siendo portador de una enunciación colectiva que rebasa la historia
literaria y preserva los derechos de un pueblo futuro, de una mutación humana.22 De vocación esquizofrénica, y hasta catatónica y
anoréxica, Bartleby no es un enfermo, sino el médico de una gran América
enferma, el Medicine-man, el nuevo Cristo o el hermano de todos
nosotros.
1 Versión castellana de José Luis Pardo.
2 La formula se ha traducido al francés de
diferentes formas, todas las cuales tienen sus justificaciones; cfr. las
observaciones de Michèle Causse en la edición de Flammarion, p. 20. Seguiremos
las sugerencias de Maurice Blanchot en La escritura del desastre, Ed.
Gallimard, p. 33.
3 Nicolas Ruwet, “Parallélismes et deviations en
poésie”, en Langue, discourse, societé, Ed. Du Seuil, pp. 334-344
(acerca de las «constructions-valises»).
4 Literalmente: “Tengo uno de no bastante”. En
castellano podría decirse por ejemplo: “Me falta uno de más” o “Me sobra uno de
menos” (Nota del traductor).
5 Philippe Jaworski, Melville, le désert et
l´empire, Presses de l´Ecole normale, p. 19.
6Cfr. Viola Sachs, Le contre-Bible de Melville,
Mouton.
7Sobre Bartleby y el silencio de Melville, cfr.
Armand Farrachi, La part du silence, Barrault, pp. 40-45.
8 Mathieu Lindon, “Bartleby”, Delta, n.6,
Mayo de 1978, p. 22.
9 Este gran texto de Kafka (Diario, Grasset, pp.
8-14) es una suerte de versión de Bartleby.
10 Blanchot ha puesto de manifiesto que el personaje
de Musil no carece únicamente de atributos, sino también de “particularidades”,
puesto que la substancia le falta tanto como las cualidades. (Le libre á
venir, Gallimard, p. 203). La temprana aparición, en el siglo XIX, de este
Hombre sin cualidades o Ulises de la modernidad, puede constatarse en Francia
en el extraño libro de Ballanche, amigo de Chateaubriand, Essais de
palingénesie sociale, especialmente en “La ville des expediations” (1827).
11 Regis Durand ha mostrado el papel que desempeñan
estas líneas desligadas, en el barco ballenero, por oposición a los cordajes
formalizados: Melville, signos y metáforas, L´Age d´homme, pp. 103-107.
El libro de Durand (1980) y el de Jaworski (1986) se encuentran entre los
análisis más profundos de Melville que han aparecido recientemente.
12 George Dumézil (en su prefacio a Charachidzé, Prometeo
y el Cáucaso, Flammarion) escribe: “El mito griego de Prometeo ha
permanecido, a través de los tiempos, como objeto de reflexión y de referencia.
Un dios que no participa en la lucha dinástica de sus hermanos contra su primo
Zeus… Este anarquista mueve nuestras fibras más oscuras y sensibles”.
13 Acerca de esta concepción de las dos naturalezas
en Sade (la teoría del Papa de la Nueva Justine), cfr. Klossowski,
Sade, mon prochain, Seuil, pp. 137 ss.
14Cfr. La concepción de la santidad según Schopenhauer,
como el acto por el cual la Voluntad se niega en la supresión de toda
particularidad. Pierre Leyris, en su segundo prefacio a Billy Budd
(Gallimard) recuerda el profundo interés que Melville sentía pos Schopenhauer.
Nietzsche vio en Parsifal al santo típicamente schopenhaueriano, una especie de
Barleby. Pero, según Nietzsche, el hombre prefiere incluso ser un demonio que
un santo: “El hombre prefiere incluso tener una voluntad de nada antes
que no querer en absoluto…” (Genealogía de la moral, III, 28).
15Cfr. Kleist, carta a H. J. von Collin, Diciembre de
1808 (Correspondencia, Gallimard, p. 363). Catalina de Heilbronn
tiene su propia Fórmula, no muy diferente de la de Bartleby: “Yo no lo sé”, o
más abreviadamente, “no sé”.
16 La comparación entre Musil y Melville comportaría
los cuatro puntos siguientes: la crítica de la razón (el “principio de razón
insuficiente”); la denuncia de la psicología (“ese gran vacío llamado alma”);
la nueva lógica (el “otro estado”) y la Zona Hiperbórea (lo “Posible”).
17 Francis Bacon,
L´art de l´impossible, Skira, I, p. 123. Melville decía: “Por la misma
razón que no existe más que un planeta en una determinada órbita, no puede
haber más que un personaje original en cada obra de la imaginación: dos
personajes entrarían en una contradicción caótica”.
18 Regis Durand, p. 153. Jean-Jacques Mayoux decía:
“En el terreno personal, el problema del padre queda por lo pronto aplazado, si
no resuelto… Pero no es de su incumbencia exclusiva. Todos somos huérfanos. Ha
llegado la hora de la fraternidad.” (Melville por sí mismo, Seuil, p.
109).
19 Jaworski ha analizado pormenorizadamente este
mundo en archipiélago o experiencia del parchwork. Son temas constantes
del pragmatismo, especialmente presentes en las mejores páginas de William
James: el mundo como un “disparo a quemarropa”. Y este rasgo es inseparable de
la búsqueda de un nuevo tipo de comunidad humana. En Pierre o las
ambigüedades, el misterioso opúsculo de Plotinus Plinlimmon puede
entenderse como el manifiesto premonitorio de un pragmatismo absoluto. En lo
referente a la historia del pragmatismo en general, tanto en su vertiente
filosófica como en la política, nos remitimos a Gerard Deledalle, La
philosophie américaine, L´Age d´homme: es especialmente importante Royce,
por su “Pragmatismo absoluto”, y por su “gran comunidad de Interpretación” que
agrupa a los individuos. Encontramos en él muchos ecos melvillianos. La extraña
tríada de Royce -el Aventurero, el Beneficiario y el Asegurador- parece en
cierto modo derivada de la tríada de Melville -el Monomaníaco, el
Hipocondríaco, y el Profeta-, como si se refiriese a los personajes de The
Confidence-man, en donde ya se prefiguraban sus dimensiones cómicas.
20 Lawrence, Etudes sur la littérature classique
américaine, Seuil, “Whitman”. Este libro incluye además dos célebre ensayos
sobre Melville. Aunque Lawrence reprocha a Melville y a Whitman el haber caído
precisamente en los vicios que denunciaban, afirma que la literatura americana
encontró su camino gracias a ellos.
21 Cfr. el libro de Alexander Mitscherlich, Vers la
societé sans péres (Gallimard), escrito desde una perspectiva
psicoanalítica completamente insensible a los movimientos históricos, que
reclama las virtudes de la figura paternal.
22 Cfr. el texto de Melville sobre la literatura americana
en “Hawthorne et ses mousses” (D´où viens-tu, Hawthorne? pp. 237-240).
compárese con el texto del Diario de Kafka, pp. 179-182.
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