Apología de la literatura breve
Ariel Idez
Publicado en Ñ del 18/1/13
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Apologia-literatura-breve_0_850114990.html
Unos días atrás Ignacio Molina, un joven
cuentista argentino, comentaba en Facebook que había soñado la sanción de una
ley que prohibía los finales sorpresivos en los cuentos. Lo más perturbador del
sueño era la dislocación temporal de esa ley punitiva, que llegaba para
prohibir lo que ya nadie hacía, acaso con la paradójica intención de alimentar
esa costumbre perimida inyectándole el sabor de lo prohibido y paraestatal (lo
que, a fin de cuentas, sería un final sorpresivo para el relato del sueño).
¿Por qué los cuentos ya no apelan a los finales sorpresivos? ¿Se gastó el truco
de tanto ejecutarlo? El final sorpresivo del cuento que podríamos llamar
“clásico” (Poe, Cortázar) dejó de serlo cuando todos los lectores esperaban la
sorpresa y se transformó en un acto de mala fe en el que tanto el autor como el
lector escribían y leían “haciendo como si” les importara pero a sabiendas de
que la cosa pasaba por otro lado. Pero si ya es una verdad de perogrullo que
los cuentos no portan un final que cambie el sentido de todo lo que se ha
contado. ¿No se ha vuelto predecible también la falta de sorpresa? El relato
despojado se impone y clausurar su sentido ha quedado tan atrás como las
vinchas flúo. Pero si no hay sorpresa y no hay secreto, ¿hay acaso otra vía
para que prospere el cuento? En su tesis sobre el cuento, Ricardo Piglia
explica que la sorpresa del final revelador se debe a que “todo cuento cuenta
dos historias”, la historia 1, visible y la historia 2, que se desarrolla en
sus silencios e intersticios. El final sorpresivo haría emerger de golpe la
historia 2, como el iceberg que se eleva frente al trasatlántico,
resignificando todo lo que se había escrito antes. Podemos aventurar dos
hipótesis para esta extinción de la sorpresa al final de los cuentos. Primera
hipótesis: la historia dos ha quedado sepultada y jamás se hará visible, pero
el escritor la conoce y narra como si el lector también la supiera (y acá no
nos alejamos ni un centímetro de la famosa “teoría del iceberg” de Hemingway).
La segunda hipótesis, más inquietante, sería que ya no hay historia 2, que el
cuento narra sólo una historia, o menos que una historia, o que narra mucho más
que dos, como una proliferación patológica e incesante.
La argentina es una literatura que se funda
con algo así como un cuento ( El
matadero ) y un poema narrativo de épica popular ( El Martín Fierro )
que pese a la boutade borgiana difícilmente podríamos llamar “novela”. Si se
quiere, agréguese un ensayo freak de hibridación de géneros (crónica, historia,
biografía, folletín) titulado
Facundo , recopilación de los posts que Sarmiento publicaba en
el diario chileno El progreso, interfaz gráfica y analógica del siglo XIX. No
hay novelas a la vista y cuando las hay ( Amalia ) son menos objeto de la tradición
productiva de un escritor que del afán arqueológico de los historiadores de la
literatura. Exceptuando a Arlt (autor también de cuentos memorables), hubo que
esperar bastante para que la novela argentina diera el peso en una velada
literaria de categoría, mientras Borges, Bioy, Cortázar, Silvina Ocampo,
Wilcock, entre otros, escribían cuentos. Los sesenta, con el boom de la
literatura latinoamericana, cambiaron la ecuación y provocaron una burbuja
inflacionaria en las acciones de la novela que duró, más o menos, hasta fines
de los noventa.
Los grandes narradores de los noventa fueron
los poetas. Mientras la narrativa se encandilaba con “las luces del centro”
ante el desembarco de las multinacionales del libro, los poetas se aplicaron a
una deriva narrativa que les permitió contar una época sin épica. La poesía de
los noventa provocó al menos dos consecuencias en la narrativa en dos órdenes
distintos: en el plano del texto los poetas de los noventa les enseñaron a
escribir a los narradores, es decir, les enseñaron cómo escribir. El estilo
objetivista de esos poetas, su capacidad de síntesis, su poder de observación,
su trabajo con los argots (el arte ventrílocuo de hacer hablar al otro, a los
otros), su capacidad de asimilación de los discursos de los medios masivos
hasta las consignas políticas y una educación sentimental que pasaba más por
los Sábados de Súper Acción que por las novelas de Flaubert fueron algunos de
los rasgos que los narradores del nuevo siglo tomaron rápida nota. Las
compatibilidad genética entre el objetivismo poético y el minimalismo narrativo
norteamericano (Hemingway, Cheever, Carver) hicieron el resto.
Pero así como la poesía tuvo una deriva
narrativa en los 90, la narrativa experimentó una deriva poética en los albores
del S. XXI. Claro está, no en ampulosas “prosas poéticas” o inflamables
arrebatos líricos, sino en un modo de construcción del relato que opera con los
motivos de la historia como el poema lo hace con las palabras, a través de
resonancias internas. Ya no es la “historia oculta” la que dicta la trama, sino
las derivas de la superficie del relato, las “asonancias” y “disonancias” de
las acciones de los personajes y el salto hipertextual de un tema a otro a
través de vínculos precarios y azarosos.
En el otro plano, el del formato y el
soporte, los 90 también marcaron un camino que los narradores transitarían una
década después: el de la creación de sus propios medios de publicación:
editoriales independientes, fotocopias plegadas, fanzines, libros de cartón,
plaquetas, todo un arsenal de guerrilla literaria para difundir la obra. Una
obra que debía adaptarse si quería ser difundida por estos medios: una novela
de trescientas páginas se atasca al tratar de circular por estos canales en los
que los cuentos breves se desplazan como peces en un estanque.
El factor blog
El otro día escuché en una charla de bar, en
la que se debatía por qué ya no surgían “10” clásicos en el fútbol argentino,
que alguien argumentaba: “Es que en las inferiores ya no se juega con
enganche”. Si la formación explica el modo de jugar habría que señalar que la
mayoría de los autores surgidos en los últimos años hicieron “las inferiores”
en la blogósfera. ¿Qué consecuencias podemos extraer de esto? El blog pareció
cumplir aquel célebre dictum lamborghineano: “Primero publicar, después
escribir”. La plataforma de publicación precedía a su contenido y lo solicitaba
puntualmente para la creación de un público (en general, otros bloggeros, con
lo que, de paso, se iban conformando una red de escritores con intereses
afines). La publicación en blogs permitió superar obstáculos difíciles de
salvar para los escritores noveles de la generación analógica, brindando un
acceso en tiempo real a la publicación, la difusión y la circulación
(virtualmente ilimitada, aunque casi siempre se trataba de microaudiencias) e
incluso noticias sobre la recepción (a través de los comments ). Sin embargo,
esta nueva interfaz también imponía sus condiciones: el tiempo de lectura en
pantalla es mucho más acotado que en papel, por lo que los posts (artículos)
debían ser breves. Se competía con muchos otros blogs que surgieron al mismo
tiempo por un público acotado, por lo que el texto debía llamar la atención
desde sus primeras líneas, lo que obligaba a una combinación de estilo con
escándalo confesional y economía de lenguaje y recursos. El relato corto y la
crónica se revelaron rápidamente como géneros privilegiados para este formato.
En La
masa y la lengua, Juan Terranova dice: “Que los blogs hayan
caído en una semi-desgracia no implica un retroceso. Twitter continúa
acentuando las diferencias, extremándolas, con la cultura textual del siglo
XX”. Los blogs todavía implicaban un soporte digital para usos propios de la
cultura letrada (el cuento, el ensayo, la crónica, el diario). Twitter parece
estar ya enteramente del otro lado de la frontera digital. En su timeline
pueden pulular personajes independizados de una trama, mientras Facebook
permite que la “figura de autor” se construya antes que la publicación de la
obra. Los nombres de los factores permanecen pero las ecuaciones de la
literatura moderna se dislocan. ¿Qué sucederá con los escritores que se
entrenan haciendo piques cortos de 140 caracteres en Twitter y habitan una
plataforma (Facebook) que parece prestarle más atención al tercer tiempo que al
partido? Todavía está por verse.
¿Literatura 2.0?
Somos objeto de un experimento estético sin
precedentes. Imaginen un mundo en el que todos se comuniquen editando y
enviándose videos unos a otros. ¿Cómo haría cine una generación formada bajo
semejantes condiciones de producción? Chats, posts, tweets, sms, nunca la
sociedad estuvo sometida a tales cantidades de escritura y lectura. ¿Es eso
literatura? Por ahora no, pero desbarata la autonomía de la disciplina
anteriormente conocida como literatura. El nombre de posautonomía con el que
Josefina Ludmer ha bautizado el fenómeno indica la intuición de algo que aún no
termina de independizarse de un estadio anterior. ¿Qué hace la literatura con esta
masa crítica de escritura? La convierte, por un pase de magia, en obra. Títulos
como Escribir en Canadá
de Luciano Lutereau, Red
Social de Ana Laura Caruso u Odio la literatura del yo de Esteban
Dipaola y Nuria Yabkowski recopilan entradas de Facebook, búsquedas de Google y
chats ajenos capturados en el vértigo de las redes sociales y los publican como
propios, poniendo (otra vez) la noción de autoría en crisis. ¿A quién
pertenecen esos libros que parecen celebrar menos el perfil heroico de una
pluma solitaria que la porosa inteligencia colectiva de una red? Del autor como
productor al escritor como editor, las operaciones de selección, captura,
recorte, combinación, se vuelven mucho más cruciales que la mera y agotada
invención. En la sociedad en la que todos escriben, más importante que saber
escribir es saber leer en los intersticios de la red de escrituras.
El e-book como soporte propone una nueva
revolución. Si con los blogs todos podían publicar, ahora todos pueden publicar
un libro (no pasará mucho tiempo antes de que aparezca un programa amigable y
prácticamente automático para diseñar libros destinados al Kindle). Esto podría
hacer pensar en la inminente extinción de las editoriales. Sin embargo, ya ha
quedado demostrado que pocos son los aventureros que se atreven a explorar la
ambigua e ilimitada selva de la red para encontrar algún tesoro oculto. En un
mundo en el que las publicaciones se multiplican, el criterio de selección y
jerarquización editorial se torna crucial. Tal vez pasemos de lectores de
autores a lectores de editoriales y lo que es más, tal vez sean las propias
editoriales las que empiecen a dictarle a los autores un programa de escritura
(algo de eso ya está anticipado “analógicamente” por la editorial experimental
Spiral Jetty, que publica libros brevísimos reproducidos con una impresora
láser. Tras una serie de títulos iniciales, varios escritores emprendieron la
composición de “libros para Spiral Jetty” cuya existencia nunca habían
imaginado antes del surgimiento de la editorial). De todas formas, mal que les
pese a los bosques, el papel sigue jugando todavía un rol legitimador y
consagratorio. No ha surgido aún un autor que se instale únicamente desde
formatos digitales y son muy pocas las editoriales que le dan la espalda a la celulosa
para abrazar el e-book (Determinado Rumor o Blatt y Ríos pueden ser algunas).
Como explica Juan Mendoza en Escrituras past , la
irrupción electrónica se abre camino en la literatura o bien como referente o
bien como matriz productiva, en el primer caso, se trata de un corpus amplio
que abarca desde las pioneras
La ansiedad de Daniel Link y Keres cojer? = Guan tu fak de Alejandro
López hasta la reciente
No alimenten al troll de Nicolás Mavrakis, novelas y cuentos
que tematizan los nuevos usos de la tecnología a través de mails, chats y
mensajes de texto. En el segundo caso se trata de incorporar para la literatura
modos de procesamiento de archivos digitales: el loop ( Qué hacer de
Katchadjian), el spam (
Poesía spam , de Gradín) y también, a través de la
proliferación hipertextual de diferentes discursos tomados de los medios
masivos, de la red e incluso de los papers académicos, como en Sol artificial , de J.
P. Zooey. En estas obras suelen ponerse en cuestión los límites entre realidad
y ficción. La nueva literatura puede ser informe, acta, discurso, paper , el
cuento omnívoro, camaleónico, puede adoptar cualquier registro, como el
catálogo de la muestra de un artista que nunca existió, o el testimonio del
testigo inexistente de un hecho notorio.
Para explicar este progresivo adelgazamiento
de la literatura habría que pensar la literatura dentro de una ecuación que
incluye tres variables: tiempo, ocio y privacidad. Si los adelantos técnicos de
los medios productivos incrementaron los segmentos de ocio en el siglo XIX,
fomentando la novela como un consumo posible para atravesar esas horas sin
ocupaciones, habría que pensar qué sucede ahora que el ocio se ha vuelto
intersticial (breves períodos a lo largo de un día pleno de ocupaciones,
urgencias, “conectividad” y distracciones). Los géneros breves, como el cuento
o la nouvelle, parecen más aptos para estas pausas que la novela de trescientas
páginas. Además, la lectura va camino a perder su carácter privado, casi
secreto. Muchas lecturas se comentan en tiempo real a través de tuits o posts
en redes sociales. Se lee por recomendación, o para discutir la lectura de
otro, se lee “en red”. Es verdad que el e-book hace a toda la literatura
portátil y esto podría promover el regreso de los grandes “ladrillos”, aunque
esas grandes sagas narrativas parecen haber migrado a otros formatos más
acordes con la época (como las series) mientras que la literatura se ha vuelto
transgénica: incorpora adn de otras disciplinas, en fuga hacia las artes
plásticas (el duchampiano
Aleph engordado ), la música ( Los covers es el título de una antología
de próxima aparición), el cine (las “Mental movies”, sinopsis de películas
inexistentes publicadas como pósteres por la editorial Clase turista). En una
literatura del procedimiento, el tamaño no importa, o mejor dicho sí importa
que sea breve, y la obra deviene mero testigo del procedimiento que contiene
agazapado en su seno.
¿Y la literatura?
No hay lugar para apocalípticos. Nada
desaparece, los estratos anteriores conviven con estos nuevos usos y
apropiaciones como la pintura de caballete convive en el mundo del arte con los
tiburones en formol. Se seguirán escribiendo cuentos clásicos, finales
sorpresivos, novelas de trescientas páginas (y de quinientas y de mil). No
desaparecerá el artesanado de la frase pulida y la palabra justa ni la trama
aceitada como un mecanismo analógico de relojería pero, mientras tanto, parte
de la literatura se hace cargo de su tiempo y lanza expediciones a las tierras
vírgenes de la era digital para ampliar el campo de batalla. “El nuevo libro
reclama un nuevo escritor. El tintero y la pluma de oca han muerto”. La frase
es del formalista ruso El Lissitsky y está fechada en 1923.
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